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Estivi y Boca Negra, Parte I Lunes, junio 5, 2006

Posted by El Edu in La Cotidianidad de mi Vida, Montañismo.
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Se nos viene. Se nos viene encima. Corríamos despavoridos, huyendo como almas que llevaba el diablo de aquel rugido infernal que emanaba del cañón en el que habíamos dado a parar en busca del salto del que tanto nos habían hablado. Nuestras vidas corrían peligro. Podíamos morir aplastados por las gigantescas rocas que caían desde lo alto; o bien podíamos ser arrastrados por el cauce del río, cuyo caudal crecía a cada segundo por culpa de la torrencial lluvia que caía; o bien podíamos ser aniquilados por algunos de los extraños seres que allí habitaban, los cuales parecían haber sido extraídos de Skull Island. ¿Acaso eran estos peligros secundarios la premonición de un mal mayor que aún estaba al acecho? Si así era, pues pocas esperanzas de sobrevivir teníamos.

El viernes en la noche, y luego de un buen día de surf en Playa Pato, Pablo, Pepito y yo conversábamos amenamente por el MSN, planeando nuestra próxima aventura. Hacía días que veníamos hablando de ir a hacer canyoning a los saltos de Azua a los que habían ido Pablo, Goku y Raúl con Iko Abreu hace ya varios años. Lo bueno del sitio era que siempre tenía agua, no como el salto del Conde de Mana, donde que hay que esperar la temporada de lluvias para ir. Llamamos a Mario para invitarlo, pero tenía que trabajar y no podía ir, auqnue sí nos prestó su soga estática de 75 m. Mientras pensábamos en quiénes iríamos, El Grifo nos dijo que invitáramos mucha gente, porque eso lo hacía cualquiera. Por suerte para ellos, no pudo ir ninguna de las personas con las cuales hablamos. Tan sólo Goku aceptó encantado volver a aquel lugar.

Pablo y yo queríamos ir a surfear de nuevo, así que Pepito propuso un 2×1, y decidimos salir de la ciudad a las 7:30 AM para ir a Pato, surfear un rato, y luego irnos a los saltos. Claro, este plan era muy optimista, y no contaba con que todos nos íbamos a dormir tardísimo y súper cansados.

Mientras disfrutaba de un interesante sueño, sonó mi celular. Era Pepito, preguntando qué había pasado. Eran las 9 AM. Pa'l carajo se fue el plan A. Decidimos ir solamente al salto, pero un poco más tarde. Traté de reconectar con mi sueño, pero no lo logré. Ni siquiera pude recordar de lo que trataba. Resignado, me levanté de la cama y llamé a Pablo. Otro que estaba en el quinto sueño. Me dijo que se despertó a las 6:30, pero que no podía con él mismo. Así que con calma todos nos alistamos y acordamos salir a las 11 AM, porque teníamos que recoger a Goku en la Fosforera en Baní a las 12.

Se suponía que Goku y El Grifo eran los que sabían cómo llegar, pero ellos no tenían ni idea de cuál era el nombre del lugar, solamente que estaba por Azua. Resolvimos llamar a Iko, así que, mientras Pablo compraba un servicio de pollo en Pollo Rey, nosotros llamamos a Carlos Sánchez para pedirle el número de Iko, y lo llamamos. Lo primero que me dijo fue: "¡¿Y tú crees que yo me acuerdo de dónde está esa vaina?¡". Pero, luego de esforzarse un poco, recordó que era entrando por el pueblo Las Charcas, que está poco antes de llegar al de Azua. Así que, desde que se compadecieron de El Grifo y le despacharon su pollo, nos fuimos de allí.

Luego de pasar El Número, Hatillo, la recta y otros parajes, nos mantuvimos atentos a ver si encontrábamos el pueblo. Le pedimos información a un militar de un puesto de chequeo, quien, con una resplandeciente sonrisa, nos dijo que la entrada estaba a medio kilómetro a mano derecha, y que veríamos el letrero de Las Charcas.

Efectivamente, allí estaba. Las Charcas era un pueblo muy limpio, con casas de concreto y calles asfaltadas. En varias de las esquinas había grupos de personas disfrutando del descanso sabatino. A uno de estos grupos le preguntamos cómo llegar al salto. Uno por uno nos ofrecieron sus versiones de la ruta a seguir, pero todos coincidían en que, al llegar a la rigola, dobláramos a la derecha, tomando un camino de tierra que nos llevaría al río. Obviamente, nos pasamos, y tuvimos que pedir más direcciones en Estebanía a un joven que, asediado por el calor, estaba acostado refrescándose en el piso de la galería de su casa. Encontramos la rigola y tomamos el camino correcto. Había mucha gente bañándose en la rigola, y Pepito tenía ganas de sentarse en ella "a ver si el agua lo empujaba". Lo único que le pareció al Grifo que le iba a pasar a Pepito en la rigola era pelarse la nalga, así que El Pepi desistió de su idea, dedicándose mejor a imaginar qué pasaría si tiráramos un barquito de papel por allí.

Luego de 10 ó 15 minutos de andar por esa carretera y de cruzar la rigola y algunos charcos de agua creados por el río, llegamos al final del camino, donde habríamos de dejar la camioneta y comenzar a andar. Organizamos nuestro equipo, nos pusimos nuestros arneses y cargamos en las mochilas lo que íbamos a llevar. Nos comimos unos sándwiches y dejamos el resto, ya que no tardaríamos mucho. Y con El Grifo a la cabeza, comenzamos a caminar por el río, hasta encontrar un camino que subiera a la montaña y nos llevara hasta la cima del salto. Sólo que nunca nos imaginamos cuán difícil sería eso…

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Copyright Eduardo Suero

Comentarios»

1. Pepito - Lunes, junio 5, 2006

Yo estoy convencido que era una dimensión perdida esa. Antes de llegar, cielo despejado, soleado. Llegamos. Todo gris y lluvioso. Nos vamos y volvemos al clima despejado…


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