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Estivi y Boca Negra, Parte I Lunes, junio 5, 2006

Posted by El Edu in La Cotidianidad de mi Vida, Montañismo.
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Se nos viene. Se nos viene encima. Corríamos despavoridos, huyendo como almas que llevaba el diablo de aquel rugido infernal que emanaba del cañón en el que habíamos dado a parar en busca del salto del que tanto nos habían hablado. Nuestras vidas corrían peligro. Podíamos morir aplastados por las gigantescas rocas que caían desde lo alto; o bien podíamos ser arrastrados por el cauce del río, cuyo caudal crecía a cada segundo por culpa de la torrencial lluvia que caía; o bien podíamos ser aniquilados por algunos de los extraños seres que allí habitaban, los cuales parecían haber sido extraídos de Skull Island. ¿Acaso eran estos peligros secundarios la premonición de un mal mayor que aún estaba al acecho? Si así era, pues pocas esperanzas de sobrevivir teníamos.

El viernes en la noche, y luego de un buen día de surf en Playa Pato, Pablo, Pepito y yo conversábamos amenamente por el MSN, planeando nuestra próxima aventura. Hacía días que veníamos hablando de ir a hacer canyoning a los saltos de Azua a los que habían ido Pablo, Goku y Raúl con Iko Abreu hace ya varios años. Lo bueno del sitio era que siempre tenía agua, no como el salto del Conde de Mana, donde que hay que esperar la temporada de lluvias para ir. Llamamos a Mario para invitarlo, pero tenía que trabajar y no podía ir, auqnue sí nos prestó su soga estática de 75 m. Mientras pensábamos en quiénes iríamos, El Grifo nos dijo que invitáramos mucha gente, porque eso lo hacía cualquiera. Por suerte para ellos, no pudo ir ninguna de las personas con las cuales hablamos. Tan sólo Goku aceptó encantado volver a aquel lugar.

Pablo y yo queríamos ir a surfear de nuevo, así que Pepito propuso un 2×1, y decidimos salir de la ciudad a las 7:30 AM para ir a Pato, surfear un rato, y luego irnos a los saltos. Claro, este plan era muy optimista, y no contaba con que todos nos íbamos a dormir tardísimo y súper cansados.

Mientras disfrutaba de un interesante sueño, sonó mi celular. Era Pepito, preguntando qué había pasado. Eran las 9 AM. Pa'l carajo se fue el plan A. Decidimos ir solamente al salto, pero un poco más tarde. Traté de reconectar con mi sueño, pero no lo logré. Ni siquiera pude recordar de lo que trataba. Resignado, me levanté de la cama y llamé a Pablo. Otro que estaba en el quinto sueño. Me dijo que se despertó a las 6:30, pero que no podía con él mismo. Así que con calma todos nos alistamos y acordamos salir a las 11 AM, porque teníamos que recoger a Goku en la Fosforera en Baní a las 12.

Se suponía que Goku y El Grifo eran los que sabían cómo llegar, pero ellos no tenían ni idea de cuál era el nombre del lugar, solamente que estaba por Azua. Resolvimos llamar a Iko, así que, mientras Pablo compraba un servicio de pollo en Pollo Rey, nosotros llamamos a Carlos Sánchez para pedirle el número de Iko, y lo llamamos. Lo primero que me dijo fue: "¡¿Y tú crees que yo me acuerdo de dónde está esa vaina?¡". Pero, luego de esforzarse un poco, recordó que era entrando por el pueblo Las Charcas, que está poco antes de llegar al de Azua. Así que, desde que se compadecieron de El Grifo y le despacharon su pollo, nos fuimos de allí.

Luego de pasar El Número, Hatillo, la recta y otros parajes, nos mantuvimos atentos a ver si encontrábamos el pueblo. Le pedimos información a un militar de un puesto de chequeo, quien, con una resplandeciente sonrisa, nos dijo que la entrada estaba a medio kilómetro a mano derecha, y que veríamos el letrero de Las Charcas.

Efectivamente, allí estaba. Las Charcas era un pueblo muy limpio, con casas de concreto y calles asfaltadas. En varias de las esquinas había grupos de personas disfrutando del descanso sabatino. A uno de estos grupos le preguntamos cómo llegar al salto. Uno por uno nos ofrecieron sus versiones de la ruta a seguir, pero todos coincidían en que, al llegar a la rigola, dobláramos a la derecha, tomando un camino de tierra que nos llevaría al río. Obviamente, nos pasamos, y tuvimos que pedir más direcciones en Estebanía a un joven que, asediado por el calor, estaba acostado refrescándose en el piso de la galería de su casa. Encontramos la rigola y tomamos el camino correcto. Había mucha gente bañándose en la rigola, y Pepito tenía ganas de sentarse en ella "a ver si el agua lo empujaba". Lo único que le pareció al Grifo que le iba a pasar a Pepito en la rigola era pelarse la nalga, así que El Pepi desistió de su idea, dedicándose mejor a imaginar qué pasaría si tiráramos un barquito de papel por allí.

Luego de 10 ó 15 minutos de andar por esa carretera y de cruzar la rigola y algunos charcos de agua creados por el río, llegamos al final del camino, donde habríamos de dejar la camioneta y comenzar a andar. Organizamos nuestro equipo, nos pusimos nuestros arneses y cargamos en las mochilas lo que íbamos a llevar. Nos comimos unos sándwiches y dejamos el resto, ya que no tardaríamos mucho. Y con El Grifo a la cabeza, comenzamos a caminar por el río, hasta encontrar un camino que subiera a la montaña y nos llevara hasta la cima del salto. Sólo que nunca nos imaginamos cuán difícil sería eso…

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Estivi y Boca Negra, Parte IV (Epílogo) Jueves, junio 8, 2006

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"Eso es lo que va a pasar ahora, hermanos, ahora que llego al final de este cuento. Habéis acompañado a vuestro druguito Alex allá donde ha ido, habéis sufrido con él y habéis videado algunas de las acciones mas brachnas y grasñas del viejo Bogo, todas sobre vuestro viejo drugo Alex. Y todo se explicaba porque era joven. Pero ahora, al final de esta historia, ya no soy joven, ya no. Alex ha crecido, oh sí." –Anthony Burgess, "La Naranja Mecánica"

Jimmy Page y el escape de Estebanía

Luego de un buen rato, nos alistamos para partir. Pusimos nuestro cassette de Led Zeppelin con III y Houses of the Holy y nos fuimos contentos. Hasta que… No, no era posible. No lo podíamos creer. Los pequeños charcos que formaba el río en el camino a nuestra llegada habían desaparecido… ¡sólo para ser remplazados por el río completo! ¿Cómo no habíamos pensado en eso antes? Aunque preguntarnos eso era estúpido, considerando todas las imprudencias que habíamos cometido hasta el momento. La crecida del río había provocado que este entrara a la carretera. La rigola se desbordaba, y juntos arropaban el camino.

Manejaba con cuidado, buscando las partes más seguras por donde pasar. Pepito iba atento al camino y Goku estaba encargado de dirigir el empleo del 4×4, dependiendo de si requeríamos el Hi o el Lo. A todo esto, El Grifo iba capturando estas escenas de pánico y terror con su videocámara. Repentinamente, detuve la marcha del vehículo y me quedé mirando fijamente lo que había delante de nosotros. Un pequeño surco que habíamos cruzado sin problemas al llegar, era ahora una temible depresión, con pendiente de 20º, y con la rigola en la parte superior, desbordándose por el hoyo hasta llegar al río, estando separado este de aquella solamente por los 5 pies de camino que quedaban. Me bajé a inspeccionar y, tanteando con una rama, decidí que lo mejor sería irnos por el lado izquierdo, y esperar que el extremo derecho resistiera y no se derrumbara, pues eso sería fatal. Colocamos el 4×4 en Lo, preparamos la cámara, nos concentramos en las notas de Jimmy Page y aceleramos.

La camioneta se hundió del lado izquierdo, sólo para luego rebotar con dirección al río. Me di un fuerte golpe en la cabeza, pero no dejé que mi aturdimiento me obnubilara. Logré mantener el control del vehículo y, por intercesión de la Divina Providencia, logramos atravesar la zanja. Aliviados por haber superado ese último obstáculo, seguimos a toda velocidad para salir de allí lo más pronto posible. Y es que, si hubiésemos esperado una hora más para salir de aquel lugar, el río hubiese hecho imposible nuestra salida, poniendo en peligro nuestro vehículo y nuestras vidas.

Un mundo feliz

Al salir a la autopista, observamos un cambio radical del estado del tiempo. Mientras en el río todo era caos, aquí el cielo estaba despejado, y el sol irradiaba con energía antes de anochecer.

¡Qué aventura habíamos tenido! Lo que comenzó siendo un tranquilo viaje a tirarnos de un salto, terminó siendo una lucha por sobrevivir. ¡Cuántas peripecias habíamos tenido que soportar! Pero lo importante fue que no nos dejamos amedrentar y que nos sobrepusimos a las adversidades. Había mucho que analizar, pero estábamos cansados y sólo queríamos llegar a un sitio donde comprar unas clásicas birras, para recobrar fuerzas. El camino de vuelta fue muy agradable y pacífico (sin duda que la cerveza hizo su efecto), oyendo música y hablando tranquilamente. Y es que nos sentíamos bien de volver a casa.

Y así termina nuestra historia, un hecho real que ha de ser recordado por nosotros como punto de inflexión en nuestras vidas. Esta travesía nos ha cambiado. Hemos madurado, hemos crecido; pero aún somos los mismos aventureros que éramos al comenzar la expedición. No sabemos cuándo volveremos al Salto de Estebanía, pero, cuando lo hagamos, sabremos que ya antes logramos entrar y escapar de allí con vida, y que en nuestro poder está, finalmente, conquistar el salto.

Y ninguna montaña maldita nos impedirá lograrlo.

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Estivi y Boca Negra, Parte III Jueves, junio 8, 2006

Posted by El Edu in La Cotidianidad de mi Vida, Montañismo.
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Una vez fuera, le dijeron: "Ponte a salvo. Por tu vida, no mires hacia atrás ni te detengas en parte alguna de esta llanura, sino que huye a la montaña para que no perezcas." –Génesis 19:17

El Salto de Estebanía

La lluvia amainaba a medida que nos acercábamos al salto. Estábamos cansados, con frío, hartos de divagar, preocupados por la cercanía del atardecer y por la lluvia que podía arreciar en cualquier momento. La soga se hacía cada vez más pesada e incómoda de cargar, pero ya no podía abusar del pobre Pepito, quien, como recordará el lector, la cargó durante largo rato mientras subíamos la montaña maldita. Seguíamos andando por el río, luchando contra la corriente, que era cada vez más fuerte. El agua cristalina había desaparecido, siendo remplazada por otra turbia, sucia, producto de la precipitación en lo alto de la sierra, que erosionaba la tierra y provocaba la inminente crecida del río.

Mientras bordeábamos una de las curvaturas del río, comenzamos a escuchar el rugido de la cascada. Luego de tantas peripecias, finalmente estábamos por llegar. Caminamos unos metros más y allí, con toda su majestuosidad, apareció ante nosotros el motivo de nuestra expedición: el Salto de Estebanía.

Nos acercamos cautelosamente. Pablo estaba asombrado por la fuerza y la cantidad de agua que tenía la cascada, ya que la otra vez que habían ido, era mucho menor. Analizamos durante algunos minutos nuestro proceder. Había demasiada agua para intentar bajar a rappel de forma segura, pero Goku insistía en que lo hiciéramos. Pero, el otro problema era que no sabíamos por dónde subir hasta el comienzo del salto. Una vez más (o quizás la única) acordamos ser precavidos, y decidimos no intentar bajar por allí. Mejor sería volver en otra ocasión, con unas condiciones climáticas favorables y con el tiempo a nuestro favor.

Pablo se quedó a un lado mientras nosotros caminamos hasta la cascada. Miramos a nuestro alrededor en busca de un sendero que pudiésemos tomar la próxima vez que fuésemos, pero no encontramos nada. Entramos con cuidado al agua, apoyándonos de la pared hasta llegar al salto de agua y sentirlo sobre nosotros. Pero sólo en ese extremo, porque colocarse en el medio de aquella gran caída de agua hubiese sido un suicidio, por la fuerza con que chocaba con la superficie del charco que se formaba.

La lluvia tomaba un nuevo ímpetu, así que decidimos volver a donde estaba Pablo, quien se hallaba sentado en una ladera con su casco puesto no sé haciendo qué. Nos juntamos y resolvimos irnos, pero no sin antes tomarnos las fotos que probaran que habíamos llegado al salto, en caso de que ocurriera una tragedia y encontraran nuestros cuerpos inertes flotando por el río. O también, y con menos dramatismo, en caso de que estuviésemos contando la historia y ninguno de ustedes nos creyeran.

El Edu, El Grifo y El Goky frente al Salto El Pepi, El Edu, El Grifo y El Goky

De repente, mientras nos preparábamos para partir, escuchamos un estruendoso ruido que competía con el feroz rugido de la cascada. Miré hacia arriba y me di cuenta que el cañón no era ya seguro. "­¡Un derrumbe!", grité. . Grandes rocas se deslizaban hacia el río. Asustados, nos pegamos todos de la ladera en que nos encontrábamos, buscando evitar morir aplastados por las piedras que caían. Al comprender lo que sucedía, El Pepi abrió los brazos, se impulsó hacia atrás y, con una cara de terror que me recordó el rescate de Sahira en Samaná, gimió: "¡¿Dónde?!". Me volteé hacia él a contestarle que el deslizamiento ocurría al otro lado del río cuando, en ese preciso instante observé cómo una gran roca caía por nuestro lado y pasaba por entre Goku y Pepito, a escasos centímetros de impactarlos. El peligro era inminente. "¡Al río!", exclamé, y, sin pensarlo dos veces, nos lanzamos al medio del cauce, corriendo como locos para escapar de aquel desastre natural que se nos venía encima.

El señor de la montaña

Cuando nos hubimos alejado lo suficiente, nos paramos a recuperar el aliento y a revisar si estábamos todos bien. Habiéndonos acomodado la carga y el calzado, continuamos la escapatoria hacia el vehículo, el cual estaba a unos 15 minutos de allí. La corriente seguía tomando fuerza y se nos hacía difícil andar, pero sólo queríamos salir de allí. Iba caminando detrás de Pablo cuando este se detuvo y balbuceó alguna ininteligible expresión de horror. Al levantar la vista, vi un enjambre de unas enormes criaturas a las cuales habíamos molestado. Nos devolvimos, huyendo a toda velocidad para evitar ser devorados por aquellos monstruos. Cuando Goku y El Pepi nos vieron correr hacia ellos, se asustaron aún más que nosotros. Goku se quedó tieso, resignado a enfrentarse a lo que fuese que nos perseguía. Pero no nos siguieron. Se quedaron custodiando su morada. De lejos vimos que eran avispas, pero las avispas más grandes que habíamos visto en nuestras vidas. ¿Es que no estaríamos seguros hasta salir de aquel lugar?

Seguimos avanzando por otro lado, alejándonos lo más posible de las avispas gigantes. En ese momento, vimos una figura humana que se deslizaba con velocidad por entre el follaje. Era un hombre. Cargaba un saco en el hombro y llevaba un machete al cinto. ¿Vendría a matarnos? ¿O era otro pobre desgraciado que intentaba escapar con vida? En nuestro estado de impotencia, ansiábamos desesperadamente cualquier ayuda, así que nos arriesgamos y le gritamos "¡Señor! ¡Espere!". El hombre no pareció escucharnos, o al menos eso pensamos, porque no aminoró la marcha y siguió andando. Decidí correr y cruzar el río para alcanzarlo, ya que en él podíamos encontrar la clave para nuestra salvación.

Me acerqué a él y me saludó sonriente, pero sin detenerse. Seguí caminando a su lado, mientras le contaba de nuestra aventura. Me dijo que él tenía un conuco en la montaña, cerca del salto, donde sembraba yuca y otras hortalizas. Señaló al agua y me dijo que estaba sucia porque estaba lloviendo mucho en la montaña y me imploró a que saliéramos de allí cuanto antes, porque el río estaba creciendo y en poco tiempo sería intransitable. Como seguía su paso, poco a poco fui dejando atrás a los demás, quienes venían más lento. El señor, muy amable, me explicó cómo subir al salto por la montaña, siguiendo un sendero de animales que subía por donde estábamos cuando comenzó el derrumbe. Pero me hizo hincapié en que no podíamos ir cuando llovía, lo cual ya habíamos deducido nosotros mismos.

Seguí con él hasta la camioneta, charlando amenamente. Cuando le hice el recuento de nuestra escalada, me preguntó de dónde veníamos. "De la capital", le dije. "¡Ah, pues es un buen ejercicio eso, entonces!", me respondió. Ejercicio, odisea… ¿qué más da? No pude hacer más que sonreír y asentir con la cabeza. Nos despedimos y me dijo que cuando volviéramos pasáramos por el conuco para él brindarnos de su cosecha. Le agradecí su ayuda y le deseé buen viaje, pues el continuaría bajando por el río.

Al poco rato llegaron los demás. Pablo estaba un poco confundido. Se había caído de lado en el río sin saber bien cómo pasó. Nos cambiamos la ropa mojada y, tranquilamente, comimos algunos sándwiches y palitos de queso. Después de todo lo que había pasado, nos creíamos a salvo.

Pero aún faltaba más…

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Estivi y Boca Negra, Parte II Martes, junio 6, 2006

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"Hallábame a la mitad de la carrera de nuestra vida, cuando me vi en medio de una oscura selva, fuera de todo camino recto. ¡Ah! ¡Cuán penoso es referir lo horrible e intransitable de aquella cerrada selva, y recordar el pavor que puso en mi pensamiento! No es de seguro mucho más penoso el recuerdo de la muerte. Mas para hablar del consuelo que allí encontré, diré las demás cosas que me acaecieron." –Dante Alighieri, "La Divina Comedia", El Infierno, Canto Primero

A merced de la Opuntia caribaea

El radiante sol nos llamaba a caminar por las orillas de aquel arroyo de agua cristalina. Era como si la naturaleza nos invitara a descubrirla. Pepito llevaba la mochila con el agua y los objetos de valor; yo cargaba la soga; Goku no llevaba nada aparte de su súper traje; y Pablo cargaba su CamelBak mientras iba filmando con su cámara de video y, al mismo tiempo, buscando el sendero que debíamos tomar.

Cruzamos el río para comenzar a ascender por la montaña. Pablo, Goku y yo nos mojamos sin problemas, pero El Pepi estaba empeñado en buscar la forma de no humedecerse los pies. Así que siguió bordeando el río, encaramándose con mucho trabajo por unas rocas, hasta llegar a un punto en el que estaba seguro que podía cruzar sin tocar el agua. Nosotros ya estábamos subiendo por la ladera de la colina y nos detuvimos a observar esta escena. Con la coordinación mental-visual-motora que lo caracteriza, El Pepi tensó toda su musculatura y pegó un brinco hacia el otro lado del río. Bueno, supongo que ese era el objetivo, porque no avanzó ni 20 cm con aquella maniobra y quedó todo empapado, pero feliz por habernos hecho reír a carcajadas.

Ascendíamos por un trillo de tierra seca, rodeado de plantas xerófilas típicas de la región. Por momentos, parecía que perdíamos el camino, pero lo reencontrábamos y continuábamos. Hasta que llegamos a un punto donde no sabíamos que ruta tomar. A la izquierda, había un área despejada, donde hacía poco tiempo habían quemado leña para producir carbón. No veíamos un camino claro por allí. Por la derecha, subía una cañada pedregosa que podía pasar por un camino, pero el cual no sabíamos dónde terminaría. Decidimos caminar por este último, pero luego de unos minutos, nos dimos cuenta que no era la ruta correcta. Decidimos poner a prueba las habilidades superheroicas de Goku y lo mandamos a subir a echar un vistazo al lado izquierdo de aquel camino. Lamentablemente, su agilidad sobrehumana no lo pudo salvar del encuentro con la amiga preferida del Prof. Miguel Medina en sus viajes al Sur: la Opuntia caribaea, mejor conocida como guazábara, y de la cual Huchi Lora, en su programa "de medio a medio", dice lo siguiente:

La guazábara, cactácea nativa del Suroeste y del Noroeste de esta isla, lanza sus peligrosas púas a quien le pase cerca cuando el sol arde con más intensidad. Sus espinas tienen un casquete que tras clavarse en la piel, hace que la punta se quede enterrada aunque se hale la espina. Esta púa causa mucho dolor y es muy infecciosa.

Efectivamente, mucho dolor fue lo que le causó al pobre Goki la guazábara que "lo picó" en la mano. Tenía 4 ó 5 espinas incrustadas en la piel, y, al tratar de halar la planta de un lado, las espinas lo clavaban por el otro. Su rostro reflejaba el estado de dolor e impotencia en que se encontraba. No podía moverse, por lo que no podíamos ayudarlo. Aguantando un poco las risas, logré subir por otro lado para tratar de ayudarlo. Pablo buscó su cámara para tener grabado por siempre tan doloroso momento. Cuandohalábamos la guazábara, sus espinas levantaban la piel, aterrorizándonos aún más. Decididos a salir de aquel percance, Goku reunió todos sus poderes y se concentró en apartar el dolor de su mente. Dimos un fuerte halón a la planta maldita y logramos extraer las púas al mismo tiempo que Goky lanzaba un grito desesperado, seguido por una agradable sensación de libertad y alivio.

El Goky y yo decidimos volver al lugar de la quema, para tratar de buscar un sendero por ese lado, mientras El Grifo y El Pepi continuaban subiendo por la ladera de la cañada. Yo también fui víctima de la guazábara, cuyas espinas traspasaron mi calzado y se clavaron el dedo gordo de mi pie derecho. Maldita. Seguimos introduciéndonos por entre la flora hostil de la montaña, pero pudiendo establecer un ritmo de ascenso considerable. El Grifo y El Pepi se habían separado, y ahora El Pepi no sólo cargaba su mochila, sino también la soga que yo había dejado al ir a ayudar a Goku. Guiándose por nuestras voces, fueron acercándose a donde estábamos. Goku se sentó a esperarlos mientras yo seguía subiendo en busca de un camino. El ascenso fue tornándose cada vez más escabroso, ya que las rocas sueltas no ayudaban a aminorar el miedo que nos producía el risco que a nuestro lado estaba. Ese pedazo me recordaba al Mogote, sólo que con un grado de dificultad de 10x. Ya no estábamos haciendo senderismo; estábamos escalando una ruta 5.6, en medio de cactos, bayahondas, guazábaras, telas de araña, y una que otra tierna mariposita.

Al llegar casi a la cima, encontré dos caminos, uno que continuaba en ascenso, y otro que parecía ir en dirección al salto. Decidí esperar a los demás, y me senté a descansar un buen rato hasta que llegó El Grifo. Cuando le mostré mi hallazgo, recordó que sí era por ahí. Al parecer nos habíamos desviado un poco (2 horas) del camino real, pero ya habíamos vuelto a él. Unas voces que escuchábamos desde hacía rato fueron acercándose cada vez más. Nos agachamos para no llamar la atención en lo que llegaban El Pepi y Goku, pero era muy tarde. Nos habían alcanzado.

Era un grupo de cuatro mozalbetes locales, acompañados de feroces perros guardianes, quienes nos dijeron que iban a arrear chivos a la loma. A pesar del temor que temíamos que fuesen fugitivos de la pandilla del criminal Vladimir Pujols ("El Vla"), capturado cerca de allí luego de aterrorizar a toda la población de Azua, decidimos pedirles orientación. Ellos, asombrados al saber por dónde habíamos subido (sobre todo por cómo subió "la vaca"), nos dijeron qué caminos tomar para llegar al salto y siguieron su rumbo.

Y la montaña ha de enfurecerse

Luego de pasar tanto trabajo escalando la loma, el cielo también conjuraba en contra nuestra. Negras nubes comenzaban a sobrevolar sobre nosotros. El peligro de lluvia era inminente y aún estábamos lejos del salto.

Seguimos caminando hasta llegar a un barranco que interrumpía el sendero. Nos detuvimos unos minutos a analizar qué hacer. Pensábamos que era posible cruzarlo, pero al más mínimo error podíamos terminar en la falda de la montaña con un derrumbe (literalmente) sepulturero. Mientras continuábamos en estas disquisiciones, apareció frente a nosotros, y al otro lado del barranco, uno de los muchachos que nos habíamos encontrado antes. Nos dijo que cruzáramos caminando, que eso no era nada. Y el joven, cuyo nombre era Estivi, nos lo demostró caminando por el borde del barranco como si anduviese en su casa, seguido por su fiel perro, al cual Pepito llamaba por su nombre (o el que el creía que era su nombre): "¡Canegra! ¡Canegra! Ven aquí, Canegra.". Yo me quedé perplejo. ¿Se estaba burlando del pobre perro? Goku se puso serio y le dijo: "Canegra no (idiota). ¡Boca Negra!". Ahí sí me dio miedo de que Estivi nos lanzara al precipicio. Pero no, logramos cruzar todos sanos y salvos. Pero para mi próximo viaje procuraré comprar unos zapatos de plástico de esos que tienen hoyos y los cuales usan los guías del Pico, porque, luego de ver a Estivi cruzar el barranco más de 4 veces sin temor alguno, me parecen más certeras sus palabras de: "Los tenis sólo son para andar por donde camina la gente". Aunque, probablemente, su habilidad se deba a que está harto de pasar por ahí y nosotros estábamos siendo "precavidos". Les dimos las gracias a Estivi y sus amigos y, siguiendo sus instrucciones, tomamos un camino que bajaba de nuevo al río.

En ese momento, sentimos las primeras gotas, y, apenas llegamos abajo, se destapó el aguacero. Nos sentíamos derrotados. Las posibilidades de tirarnos por el salto se veían lejanas. ¿Era prudente arriesgarnos a continuar la exploración por la montaña bajo la torrencial lluvia y con el riesgo de que nos cayera la noche encima sólo para satisfacer nuestro ego? Reconocimos que era peligroso continuar nuestra exploración, pero, con el simple deseo de llegar al salto, decidimos continuar caminando río arriba. Como no esperábamos una travesía tan accidentada, Pablo no tenía medias puestas, y ya estaba pagando el precio. El talón izquierdo pedía descanso, herido por la parte trasera del calzado. No teníamos medias extras, ni duct tape, ni algún otro objeto capaz de aliviarle el dolor al Grifo. Pero Pablo tuvo una brillante idea. Tomó una hoja, la lavó bien con el agua de su CamelBak, la dobló, y la colocó entre el zapato y la piel. Mejor aún, botó esa hoja medio seca y tomó una más verde. ¡Esa sí debía de funcionar! Y seguimos andando, con El Grifo contento con su placebo.

Mientras nos acercábamos al salto, mojados y con frío, nos preguntábamos quiénes eran esos jóvenes que nos habían ayudado antes. ¿Realmente nos habían ayudado o habían logrado ellos alejarnos del corazón de la sierra y del origen del salto? Aunque quizás lo habían hecho para evitarnos sufrir más en aquella montaña infernal. No importaba ya. Estábamos resueltos. Llegaríamos al salto sin importar las consecuencias.

¿Valdría la pena? Pronto lo descubriríamos…

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